Caracas, Venezuela -

UN ALCALDE QUE DIVIDIÓ PARA PERDER LA CIUDAD

El resultado determinado al cabo de un intenso proceso electoral, atípico e inconvencional, tiene su fundamento en razones reveladoras que hay que examinar detenidamente, en el caso de nuestra ciudad Valencia.

 

Se advirtió conscientemente y sin doblez alguno, que la insostenible candidatura de Miguel Cocchiola significaba un estorbo, pues no había posibilidad de ganar, ni siquiera al más impresentable de los candidatos del chavismo. Surgía, en paralelo, un candidato que lograba la simpatía y la aprobación de una determinante porción del electorado valenciano, aupado principalmente por los sectores populares. Constaba, en los datos contenidos en la encuesta realizada por Datanalisis y en cualquier sondeo superficial que se hiciera en la parroquia Miguel Peña, el gran potencial de la candidatura de Carlos Lozano, que solo debía contar con el esfuerzo dirigido y articulado de todos los que estaban interesados en conquistar la Alcaldía de Valencia para materializar el objetivo de recuperar ese importante espacio.

 

Hay que alabar la recta conducta de Carlos Lozano, un candidato formidable y completo, respaldado por las bases populares, y –para asombro y pesar de muchos- apoyado también por vastos sectores del norte de la ciudad que vieron en él un candidato confiable e íntegro que jamás vaciló, no obstante los desafíos y escollos dispuestos maliciosamente por sus adversarios, sectores económicos y mercenarios de la política con escaza consistencia moral, insólitamente complotados por identidad de propósito: impedir una candidatura única encabezada por un independiente, por primera vez surgida de la aclamación de los sectores populares, y la consecuente victoria que esta aseguraba.

 

Miguel Cocchiola venía sufriendo un sostenido –y muy comprobable- decrecimiento de sus niveles de aprobación, en razón de una gestión ineficaz, inútilmente justificada en supuestas insuficiencias presupuestarias, que mantuvo a Valencia sepultada bajo toneladas de desechos y basura (de todo tipo), y por algunas posiciones políticas sospechosas que no fueron toleradas por ningún ciudadano. Intentar competir, con él como abanderado, era un suicidio al que no nos podíamos arriesgar. Esto fue comprendido por todos, menos por los que vieron que, una vez descartado Cocchiola por el rechazo de las mayorías, perderían las provechosas condiciones utilizadas para sacar réditos de negocios y transacciones dudosas, y prefirieron promover esta candidatura aún a riesgo de dividir. Dicho sencillamente, la candidatura de Miguel Cocchiola estuvo rodeada de intereses oscuros, y fue promovida siempre, con deseo intransigente, por operadores económicos disfrazados de políticos, que intentaban salvar una parcela para seguir disfrutando alegremente del patrimonio, y no para servir debidamente a los ciudadanos. La consecuencia de esta irresponsabilidad divisionista imperdonable coincidió con los intereses del chavismo, y le hizo más fácil la tarea de anular las posibilidades de la opción ganadora representada por Carlos Lozano.

 

Expuestos a la vista del ojo escrutador de los valencianos quedaron los responsables de esta derrota dolorosa, provocada por las maquinaciones de nuestros adversarios y por la traición infame de nuestros falsos aliados, infiltrados desde siempre en una causa que promueve valores y aspiraciones ajenas a sus costumbres de depredadores incorregibles. Ya son despreciable quienes hacen política para asumir el poder con hedonismo y vanidad, pero son aún peores quienes, movidos por incentivos crematísticos y desatendiendo el propósito de servicio público y honradez pedagógica, hacen política para manejar voluntades a conveniencia y sacrificar los anhelos colectivos por obscenas prebendas y efímeros privilegios. Podrá Valencia reponer esa misma entereza por la que ha sido laureada por nuestra historia para seguir siendo reserva de la fortaleza democrática del país, y superará este funesto episodio, pero nunca podrán recuperar la confianza de la gente los mercenarios que la traicionaron para resguardar sus intereses deshonestos, quedando condenados para siempre al descrédito público.

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